HONESTIDAD

HONESTIDAD

La noche del domingo al lunes un actor con orígenes centroamericanos, que creció rodeado de fatalidades, dio una lección sobre aquello de lo que carece la gran mayoría de los personajes públicos cuando tienen una oportunidad de expresarse: la honestidad.

 

 

Con las pausas y hasta ortopédicos gestos que mostraban su debilidad y vulnerabilidad ante un público atónito y sediento de sus lecciones, la autocrítica fue el medio de su mensaje. Abordó el racismo, la discriminación, el abuso animal e invitó a todos a pensar algo más que lo permitido en sus redes sociales. No buscó ser un salvador ni un ejemplo, ya que expuso sus constantes errores a lo largo de su trayectoria. No os llevéis a engaño, ser transparente no te hace mejor persona. 

Aprovechar la oportunidad única que es ganar un Oscar, al alcance de muy pocos, se tradujo en el final impactante que cualquier amante de la comunicación debería esperar. Tras sus icónicos discursos en los Globos de Oro, el Premio del Sindicato de Actores y los Bafta, era el momento de dejar de lado cualquier gancho que permitiera ser endiosado por la prensa para dar el paso más valiente, la autocrítica.

En sus primeras líneas se citó la palabra honestidad, un concepto manido por los gurús de la “verdad absoluta”, pero escaso en la práctica. No es fácil tratar de mostrar tus limitaciones como speaker y, pese a ello, llevarse los aplausos de un público que, por cierto, ignoró por completo el fondo ya que ahora estará más pendiente de la última novedad en los medios que de el verdadero trasfondo de las palabras que presenciaron.

Aplaudir la forma de un discurso expresado desde el acomplejamiento de Joaquín es ridículo. El fin no fue entendido ni se quiso entender. Aquellos que aman las gafas sin cristal, y se autodefinen “expertos del cine”, verán el vídeo una y otra vez sin admirar el matiz oculto de su mensaje, el dolor.

Los cambios de velocidad y altura de su tono exponen el verdadero enfado y sufrimiento de una persona que en ocasiones muestra al verdadero Arthur Fleck que llevamos dentro. No debemos sufrir una fatalidad para empatizar con este amado personaje (que le regaló una estatuilla) pero, pese a la compasión del gran público, fue la distracción amable de un ser que nos lleva acompañando toda nuestra vida, la indiferencia.

Esta misma venda nos ocultó el punto ciego de su intervención, su final, un momento inhumano en el que recordar las palabras de una persona que lleva dentro, que le acompañó en su personaje y, que pese a esa introspección, nadie se percató de ello.

Sus pausas, su velocidad, sus cambios en la voz, los conceptos de anclaje de su mensaje, sus gestos ortopédicos, sus puntos de fuga fijados a zonas del suelo del escenario u objetos de la platea y, ante todo, su sufrimiento. Todos estos matices nos regaló Arthur Fleck, perdón, Joaquín Phoenix, en una noche de febrero. Probablemente se nos escapase el primer y último detalle de ese gran momento en su carrera como actor; pidió silencio para generar suspense y nos ayudó a que entendiésemos la importancia de escuchar.

That´s life.

Por Manuel Morey

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